Éste es el fin, amigo





Hace dos semanas me esguincé el tobillo izquierdo. Hubo una sensación inmamente que llegó como un reflejo después del vaivén del pie: la necesidad de ralentizar. ¿Por qué? ¿Por qué justo ahora que empezaban las clases y el mundo prometía un orden detrás del verano? Si yo no corría... De hecho bajé despacio desde el cordón de la vereda a la calle... Pero el pavimento bajo mi zapatilla tenía un salto; una grieta y a pesar de la solvencia del material no resultó un suelo firme. Pensé en el hielo para después; seguí avanzando en esa hora en que las madres lo fabricamos todo: el abastecimiento, una grilla semanal, las compras, la piel sin pelos, los cuadernos nuevos, las reuniones laborales, los mensajes por audio a amigos, la conciencia del tiempo y el regreso puntual a la puerta de la actividad de donde salen nuestros hijos.
El hielo vendrá después. Lo importante era la cartuchera con elásticos que organizaran los lápices. El cuarto cuaderno para la clase, la goma eva lila, el booklet de inglés, levantar el bolsón de verduras agroecológicas en el nodo adjudicado y recordar ahí también comprar miel; la botellita para cargar el agua para el recreo, rosquear por teléfono con otras mujeres con niños para lograr armar un grupo de diez personas y que en el gimnasio nos abran un turno de funcional más temprano y coincidente con la primera hora del ingreso al cole… El hielo vendrá después. Porque había que manejar, cocinar, armar la mochila, firmar una nota, manejar de vuelta, dejar a mi hijo en el cole… El dolor siempre puede esperar. Es de esas cosas que guardan automáticamente copia de seguridad en el inconsciente.
Calculo –aunque a veces calculo mal, claro está- que más o menos así en ese grado de enajenación íbamos todos. ¿Hacia dónde –pienso ahora- íbamos sin registrar?
Hoy el colegio está cerrado. El gimnasio está cerrado. Y, además, el nodo donde venden las verduras agroecológicas… También la librería donde tienen once millones de colores de forro araña para los cuadernos y el shop donde venden las botellas de plástico. También el lugar donde mi hijo hace actividades extraescolares y el negocio de ortopedia donde debía devolver la bota con la que caminé una semana para contener el esguince… porque algunas cosas rebasan todo lo que habíamos organizado. ¿Qué era lo importante? Porque hoy todo parece prescindible salvo el aire.
Hoy nuestro presidente –en un acto de responsabilidad histórica que a muchos nos tranquiliza- dijo, pensando en relación a los destrozos irreversibles que hizo por descuido la pandemia en Europa y Asia: “todavía estamos a tiempo”. Y probablemente sea así, con relación a la propagación irrefrenable del coronavirus. Aunque seguramente no, si lo que tomamos como referencia sea el momento en que el mundo comenzó a arder.
¿Iba a ser gratis quemar el Amazonas? ¿Iba a ser gratis quemar Australia? ¿Quemarle los pulmones de dos continentes? Hoy a otros dos continentes no les es gratuito respirar. Y estamos intentando no ser el tercero. Qué tiene que ver una cosa con la otra… Qué tiene que ver conmigo… ¿no? Si yo no lo hice. Ni tampoco mis amigos. No lo hicieron las personas de mi barrio, los papis del colegio y la lista no tiene fin… Es cierto.
Nosotros solo compramos desodorantes. Solo tiramos las bolsas con basura all inclusive. Solo cambiamos el outfit con cada estación. Solo compramos dólares a cuenta para que a nosotros no nos caguen. Solo demolemos casas viejas para hacer la ciudad más segura, democrática e inclusiva. Solo nos da vergüenza ser el loco inadaptado que no se calla cuando ve que talan un árbol que tardó cien años en crecer porque al dueño de la empresa SAO, en la esquina de Olavarrìa y Alvarado, le molesta en su techo de fenólico transparente. Y es preferible deshacer el trabajo silencioso que hizo un árbol por crecer, que un techo de mierda que pusieron los humanos, ¿no? Nosotros sòlo no sabemos qué decirle al que duerme en la calle. Solo queremos el último i-phone de Apple. Solo tenemos vinculación con lo aterrador del mundo porque leemos los diarios donde cuentan esas cosas. Solo vamos a trabajar. Solo queremos lo mejor para el mundo. Solo seguimos caminando como si nada pasara cuando algo nos duele.
Hoy todos estamos parados. Sentados. O acostados. Y rotando esas posiciones, pensando en casa qué hicimos nosotros para que nos pase esto, ¿no? Estamos acá, temiendo morir, en un mundo que se prende fuego, con el pulso de la canción de los Doors, en la selva vietnamita y que es la primera escena de apocalipsis now. Acá, pensando cuánta ropa tenemos al pedo y para qué la necesitaríamos si llegáramos a no poder salir, vamos camino hacia la oscuridad total, navegando a travès del pantano. ¿Cuánto mal puede caber tan solo en la superficie de las cosas? ¿Còmo podríamos empezar a revertirlo?

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