Chicas con plumas

 

   

Dos recomendaciones de documentales para ver en Netflix: Joan Didion: el centro cede, de Griffin Dunne. Y Franca: chaos & creation, de Francesco Carrozzini. 


Son dos mujeres que le imprimen una marca a la historia, en el punto del siglo que les ha tocado estar, para dar cuenta de la experiencia de estar vivas, hacer oír su voz, en diversas formas de relatos que hablan de haber empujado las convenciones y estereotipos. De un modo arriesgado y auténtico de dejar una huella.

Franca Sozzini fue la editora de Vogue Italia. Su historia en Vogue empieza en los años 80 pero ninguna mujer sin su historia anterior hubiera llegado a un lugar así. Joan Didion fue una periodista y escritora estadounidense que escribió su nombre en las crónicas del nuevo periodismo de los años ´60. Su historia también atraviesa una estadía como colaboradora de Vogue y trasciende las fronteras de lo previsto para las mujeres de su época: haberse metido en las penetrantes e inhóspitas catacumbas del oficio periodístico durante los años de Woodstock y la resaca que dejó la fiesta de los años ´60; tiempos enrarecidos de una cultura que cambiaba y una generación que se perdía, con el trasfondo de la Guerra de Vietnam. 

Aquí, en esta reseña, una puerta de acceso a ellas y a estos documentales previos a sus muertes.

      


Andar entre serpientes

Joan Didion se convirtió en escritora a la edad de comenzar a escribir: a los cinco años. Su madre le había regalado un cuaderno para que dejara en algún sitio sus visiones caóticas del mundo, entre medio de serpientes. Dice que toda la vida vio serpientes. A los casi 90 años, cuando se filma este documental, ya sin disimulo ni necesidad de tanto vuelo literario, las espanta con aleteo y entrecruzamiento de manos que el resto usaría para los mosquitos en verano.  

Escribió siempre. Ganó un concurso de ensayo patrocinado por Vogue y allí pasó de copywriter a editora asociada. En ese tiempo conoció al que sería su marido hasta que la muerte los separó: Gregory Dunne, periodista y escritor en la revista Time. Mientras se enamoraba del irlandés y de su entorno familiar y mientras se ganaba el respeto de su sobrino político que es quien filma este maravilloso e intenso documental -por el misterioso suceso de no reírse de él, el día en que se conocieron cuando quedó sin malla en medio de un evento familiar: “fuiste la única de la familia que no ser rió de mí.Te amé por eso”, le confiesa Dunne, en el documental, y ella se ríe.

La vida. Y, mientras tanto, la escritura. Run river (1963) el agua que comenzaba a fluir más fuerte y ya no cesaría. Ensayos, notas periodísticas, ficción, no ficción. Sin detenerse en la distinción de géneros, Didion escribía.

En algún momento de esa atropellada y reflexiva vida, llegó Quintana. “La casa que alquilábamos con mi marido antes de la llegada de Quintana la habíamos alquilado bajo esa condición explícita: pareja sin hijos. Y Quintana había llegado de imprevisto. Alguien había telefoneado a casa y había preguntado: ¿la quieren?”. Y no hubo más preguntas. Joan Didion dice que trabó su vínculo fundacional con la beba en la autopista, mientras manejaba y la llevaba de regreso a su casa. Su marido, el escritor John Gregory Dunne, que era un irlandés católico no protestante, la bautizó esa misma noche con agua de la pileta del baño. Y pronto tuvieron que dejar la casa.

“Había una parte de Hollywood que era descrito como un vecindario de asesinatos sin sentido… Como la inclinación a alquilar una casa de 28 cuartos por uno o dos meses es bastante particular, el barrio estaba poblado principalmente por bandas de rock, grupos de terapia y por mi esposo, mi hija y yo”, cuenta ella hablando de un punto de inflexión en su vida: una hija nueva y una casa en Avenida Hollywood y Franklin. En esa casa gigante ocurrió de todo… Los Doors, Janis Japlin, Vietnam, la vecindad con el caso Mason… Parecía que el designio del universo hubiera sido que todo ocurriera en su cara y nada de aquel tiempo le quedara por ser contado… Y sin embargo, la vida seguiría…

Estoy con gripe cuando veo este documental y hay algo que no me hace bien, más allá de que Didion sea una escritora maravillosa, su vida dignifique la vida de un biógrafo y el documental de su sobrino sea el relato más primer plano que exista sobre la vida de dos peso pesado del nuevo periodismo: ella y su marido. La foto de la niña con la nariz llena de ácido, esa mezcla de necesidad revulsiva de testimoniar y avidez morboza y borderline me producen un extra de abatimiento. Ese periodismo para el cual se trabaja en contra de la propia vida. No entiendo porqué ni quiero entenderlo porqué hacer de su casa la embajada de fiestas con músicos de rock mientras su propia hija deambulaba abandonada por ahí. Ni entiendo el hecho de que tantos años más tarde se encuentre sorprendida por el hallazgo de haber descubierto gente tomando drogas en el cuarto de Quintana –pienso: ¿qué esperaba que tomara en el cuarto de la niña una banda de rock, una pandilla de grupies con cuarto propio en una casa enfiestada?–. Pero por fin, acaban los sesenta y como un alivio, la vida de ellos cambia. 

Se mudan a la playa, a una casa típica de Malibú, en los años en que cerca de allí nacía el actor Robert Downey Jr. Malibú fue para ellos la clave de un nuevo estado, luego de una crisis matrimonial en que su matrimonio maduró… A la casa de la playa llegan nuevos vientos. El rock y los amigos de las drogas duras mirando oscuramente la línea de tiempo en fuga acaban… Joan y John se rodean de otros haceedores. Actores, directores de cine, escritores… Harrison Ford, Steven Spielberg, Martin Scorsese… los constructores de una narrativa de principio a fin. Gente más afín a ellos, que los recuerdan como dos grandes anfitriones interesados en sus procesos de construcción de ideas.

Por aquellos años Joan, John y su hermano, Dominick Dunne jugaron una apuesta de dinero… A ver quién convencía en una oración al productor para que filmase una película a partir de un guión que ellos adaptarían desde la novela de James Hill “Pánico en Needle Park”. Joan se adelantó: “Es Romeo y Julieta. Pero son yonkis”… El filo corta con precisión la serpiente y las dos partes siguen su curso, como un chiste… Que tan difícil es evitar ver lo que se ve, decir y hacer que sea otra cosa.

 

El año 2003 fue el año más trágico en la vida de Didion; en un mes perdió a su marido y a su hija, Quintana. Unos meses después de aquellos sucesos, escribió los libros que los narrarían: El año del pensamiento mágico, en homenaje a Dunne y Noches azules, en homenaje a Quintana. El primer libro comienza así: “La vida cambia deprisa. La vida cambia en un instante. Te sientas a cenar y la vida que conocías se acaba. La vida cambia en un instante. El instante normal”. 

En el documental, del 2017 relata lo valioso que le enseñó el tiempo posterior a aquellas muertes, cuando la invitaron a participar para realizar una obra de teatro: “el valor de lo colectivo. Estar todos ahí… Haciendo a la cosa,hasta con el público, es bastante parecido a la vida”. La realidad como ficción y la ficción como realidad. Y más allá de la distinción, la vida que de cualquier forma se mueve, avanza.


La ligereza

Franca Sozzini tiene siete años, una hermana gemela y dos padres burgueses cuando decide irse a vivir a una escuela con internado donde nadie la molesta para que hable cuando no tiene ganas de hablar. Y para que cuando hable la escuchen: la escuchen de verdad.

¿En quién creés?” pregunta el hijo, viajan en una película, adentro de un auto, los dos atrás. “En mí”, contesta ella, se ríe con complicidad, gira la cabeza hacia el paisaje. Y en alguna otra secuencia, harta, le pregunta: “¿Ya está? ¿Cuántas más preguntas te tengo que responder?”. Francesco le dice: “Dirijo yo. Y no me respondes lo que te pregunto… No sé cómo te ha ido tan bien en la vida así… Y porqué te sentís una triunfadora”. Y se ríen los dos.

                                        

Franca Sozzani asumió la dirección de Vogue Italia, al borde de los años noventa. Desde ese entonces, una vez por mes pensaba que la iban a echar. Hacia méritos para eso; se creía que las tapas de un negocio editorial eran para jugar. Y lo hacía tensando el campo de la moda. Promoviendo ideas polémicas, políticas. Y poniendo en circulación el aire fresco que una sociedad viciada necesitaba (sin saberlo) para demoler viejas estructuras.

Apenas la vi me enamoré de ella. De su libertad. De su sentido del humor y su falta de sentido común. Me espejó que haya criado a su hijo sola, como pudo, mostrándole cómo hacer de los sueños un proyecto vital, cómo hacer a la trascendencia página por página, aún con errores; contagiándole el amor al trabajo cuando trabajar significa ir por aquello que se quiere ver venir al mundo. Una mujer persuadida de que en los sueños no se puede escatimar nada: ni páginas de revista, ni anhelos, ni delirios de grandeza. ¿Por qué menos?

Concuerdo en su sueño romántico: la espera del príncipe, sin importar los vestidos estropeados y las páginas que haya que dar vuelta en el camino. Al fin y al cabo, como ella dice: la vida empieza de nuevo todos los días. Me gusta, además, que ese príncipe venga a ser el fin del viaje sino un punctun dentro de un collage donde también hay arcoíris, ironía, insolencia, magia, rotura de cánones del mundo femenino y derrames de petróleo. Un collage de ensayos para vivir fascinada, ampliando la libertad creativa todo el tiempo. La suya y la de los fotógrafos que trabajaron a su lado, rompiendo los límites de la caja con un estilo visionario. Así, transfirió su mundo onírico a las páginas de Vogue. Se decidió a hablar de todo lo que el mundo de la moda ocultaba: la violencia de género, las cirugías estéticas y el apartheid que -para cuando ella asumió la dirección de Vogue Italia- aún mantenía restricción a las modelos negras.

Su misterioso contraste lo advirtieron y apreciaron todos quienes la rodearon y lo precisó mejor el filósofo B.H. Levy, recordando el día que la conoció en un avión: “una mujer con la fuerza de una heroína de Stendhal y la fragilidad de una chica Boticelli”. "No concebía que la vida fuese lo que se resume en una lápida que dice: creció, se casó, fin" dice con displicencia y encanto, como si eso alcanzara para justificar lo que nadie entendió. Logró que su recuerdo sea un mapa de colores intensos, brillantes. Un cuadro vivo e inquieto, arrollador, demoliendo convenciones.

Hay muchos momentos que adoro de ese documental Chaos & creation que dirigió su hijo, el fotógrafo Francesco Carrozzini y que la perfila hermosamente. Pero si pienso en uno elijo este: están sentados en un restaurante. Ella pide un plato de spaghetti que no come. Porque se queda pensado en la tapa que viene, dándole luz al sueño por venir. Levy dice, en alguna parte: “No sé porqué Conde Nast pensó que ella era una mujer de negocios que tenía un plan. Ella estaba loca, hacía lo que quería. Y mujeres como ella tienen largos destinos con inesperadas vueltas”. 

No fue tan largo su destino, lamentablemente. Vivió sesenta y dos años intensos, dejó su huella en un camino hecho con polvo de estrellas fulgurantes. “Me pregunto cómo una institución como Vogue creyó en ella”, pregunta frente a la cámara, el presidente de la firma Valentino, entrecerrando los ojos. La respuesta la ha dado ella, al comienzo de esta historia.


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