Una conspiración de huérfanos impertinentes


Esta nota fue escrita un 2 de octubre, al cumplirse nueve meses de la muerte de John Berger. Nueve meses no son razón de una efeméride (ni tampoco una virtud periodística rescatar cosas del archivo así). 9 meses no son un año ni son diez y, normalmente, no son motivo de una nota. Sin embargo, nueve meses son un ciclo: el que se necesita para originarse la vida de un ser humano. Si hay una historia que se trata de la celebración de la vida, de los ciclos, de la humanidad, del lenguaje fundante y de todo lo indecible de las percepciones, del amor. Esa es la historia de John. De John y su obra. Y de la niñez eterna que los habita.

El documental “El arte de ver”, de Cordelia Dvorák, basado en la obra de John Berger no es una reconstrucción biográfica del escritor, ensayista, pintor, fotógrafo, poeta, crítico de arte y novelista inglés. Es una celebración a su mirada y a los planes artísticos y juegos no reglados que la misma ha suscitado, en vínculo con ciertos cómplices que lo han acompañado en esos desarrollos. 

Los aprendizajes de Berger, la germinación de ideas, los intereses compartidos con amigos de toda la vida: caricaturistas, artistas plásticos, documentalistas, hijos, traductores y hasta un campesino vecino de su casa en el pueblo francés de Quincy son quienes dan play a la música que Dvorak orquesta.

Ver esta obra es contagiarse del entusiasmo por la vida que tiene Berger. Comienza: “La remoción de las cataratas en los ojos es comparable con la omisión de cierto tipo de olvido. Los ojos empiezan a recordar las primeras veces y, en este sentido, lo que se experimenta es un renacimiento visual. Los ojos ahora sin postigos registran sorpresas una y otra vez”.

Está filmado en el año 2012, luego de una operación de cataratas que sufrió y que decidió volver materia prima y convertir en un libro llamado Cataratas que compartió junto a su amigo desde hace 30 años, Seluk Damirel. Al respecto, dice el caricaturista inglés: “John Berger compartió conmigo la operación que sufrió porque el comparte sus ojos y, así, agudiza la vista de todos. Y también, en ese ofrecimiento de diálogo, hace que nos sintamos más inteligentes y generosos de lo que en verdad somos”.

El año 1972 fue un gran año para John. Ganó el Booker prize por su novela G. y, junto al director británico Mike Dibb, filmaron un documental para la BBC llamado “Ways of seeing”. Nadie imaginó tan buen y extenso acogimiento; cuando lo que se ponía en cuestión eran los modos de ver el arte. Berger agitaba una bandera anarquista: deconstruir el patrimonio arquetípico europeo preguntándole a los espectadores si no estábamos pensando como patrimonio nacional algo que era propiedad excluyente de los grandes terratenientes. Y si debíamos seguir teniendo los mismos hábitos y tradiciones para mirar. Berger les consultaba a niños por una definición de una figura humana de su pintor preferido, Carvaggio, cuando el propio Carvaggio, homosexual, transgresor, rebelde, no podía él mismo una definición sobre sí y en su obra era él mismo el que se traducía. “Lo que creo que siempre promuevo es la voluntad, la actitud de ser escéptico frente al mundo. Lo que busco, con cada persona que entablo una conversación, ya sea con un amigo de toda la vida o con un desconocido, es tener allí a otro conspirador porque yo soy un conspirador. Y deseo un código cómplice con otro huérfano que, como yo, rechace las jerarquías, las cosas dadas, para ver cómo, a pesar de todo, arreglárnosla”. Berger no es un escéptico. A pesar de la oscuridad puede ver. A pesar de la niebla. Puede ver en la nada y más allá del todo.



En 1980 decidió mudarse de Londres al campo francés. El conservadurismo tatcherista lo terminó de convencer en lo poco que tenía que ver ese don de amor y de humanismo con la frialdad londinense. El campo fue, desde entonces, también escenario y motivo de sus obras, como la vida de los campesinos que fotografío; como la historia del médico rural que dio origen a la novela: Un hombre afortunado.

Dentro del documental es particularmente hermosa la historia del origen del libro: Te regalo este rojo cadmio, que publicaron junto a su amigo John Christie, pintor, editor, camarógrafo. El rojo no es un color inocente. Sin embargo, el cadmio es un color de la niñez; un rojo de mentira; de párpados jóvenes cerrados, mirando al cielo.

John Berger escribió 11 novelas; 3 libros de poesía, 4 obras de teatro; 5 guiones cinematográficos, una treintena de escritos varios, entre los cuales, se cuentan obras transgénero que a su traductor no se le ocurre del todo cómo definir, en colaboración generalmente con algún otro pensador; otro niño que juega con él.

El hombre que sueña meterse dentro de las cosas que ve… El hombre que celebra el olor a mierda como camino de regreso a la primera infancia… A las lilas y la menta y la miel a las cuales ese olor conduce es una paradoja: escribe sobre la mirada pero piensa e imagina sobre lo invisible. Sobre lo esencial. Que es invisible a los ojos.



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