Este mundo acá | Homenaje al Indio Solari
Es 7 de junio todavía. Ya acaba. El
día de periodistas, Pero igual, no importa. Hace tres días que lo único que
pasa es una ola de gente por la calle. Son historias replicadas. De un tipo sin
el charm de una estrella de rock, con mofletes caídos, que podría haber sido: un
arbolito, un ciego al que lo lleva un perro, un sepulturero. Pero no. No fue lo
esperable. Escribió canciones. Reventó estadios. Se escondió en búnker, un
templo de la música. Habló siempre cuando él quiso. Le explotó en el corazón y
le partió la cabeza a todo el mundo. ¡Qué incomodidad, ciertos amores! Cuando la
estética podía ser más gentil; la imagen menos confusa e hipnótica; el talento, menos
críptico; la voz, menos la muerte. Menos la luz detrás de la muerte. Y la muerte era requisito, un paso para encontrarlo. Y eso no se puede andar
prefiriendo.
Tengo en mi mente la carta del ermitaño. Hace tres días que no escucho otra cosa que canciones del Indio. Como telón de fondo, como la historia de IG que sigue a la otra, como la niebla de la ruta que se vino encima, como la música que desata a un país apretado a presión cuando todo alrededor es una mierda. Y alguien dice: “despierten. Ya han muerto demasiadas veces. Amanece la poesía”.
Voy a deberles las palabras sobre los
recitales. Nunca estuve allí. Y sobre el fanatismo. Porque tampoco nunca pude
trascender su imagen rara, su voz de abismo, ese incordio de sus esporádicas
declaraciones de combustión lenta. El fanatismo me llega tarde. Como una lanza.
Y se me clava en el pecho. Por eso escribo. Escribo tarde. Tres días después.
Tarde en la noche. Porque las cosas que llegan tarde, a esa hora en que nadie
espera nada, me encuentran de verdad. Todas esas canciones estuvieron en mi
vida no porque las puse yo. Porque vivía con tres chicas en un departamento en
el séptimo piso sobre calle 47, desde donde se veía la cúpula de la terminal y
la expansión de la noche llena de puntos, de luces amarillas. Nuestro friso de vidrio
simple, que temblaba cuando lo abríamos y que cerraba un balcón y que en la noche
invernal parecía la pantalla de un recital. Llegaba el Flaco, el novio de la
rubia y entonces ponía canciones.
El Indio sonaba en el parlante de la despensa de Coco. En el living de la casa de los chicos de Tandil. A las 9 de la mañana, en la fotocopiadora donde retiraba el módulo antes de entrar a Comunicación y cultura. Pero la primera vez que los escuché fue en el estudio de radio de la facultad de Periodismo. Había una bandera que decía: PR. Pensé que era un partido revolucionario, creado en joda por los operadores: Jorge, el Negro Lema, el Oruga. Un día alguien me vio mirando demasiado la bandera, se rieron tomando un mate. Patricio Rey, dijo. ¿Y la corona? Patricio Rey y sus redonditos de ricota. Si, ya sé, dije pero pensé: qué nombre de mierda. Nadie se exhasperó de que nunca lo hubiera escuchado. Lo pusieron, la cantaron. Pero la verdad es que no. No lo había escuchado, en una ciudad donde no existe el rock. Luego lo pusieron Cuchi, Celo, Pacheco, repartiendo cartas para jugar al truco, antes de quedarse durmiendo en el piso de nuestro living. Al Indio lo ponían Alan, Georgina mientras cortábamos cosas para una picada y hacíamos salsa casera para la pasta, esperando que empezara la pelea de boxeo de los sábados 22 hs por Espn. Alejandro, lo traía en las remeras desteñidas que venían en tren con él, del profundo conurbano. El Indio sonaba en un descuido, en un corner de La Mulata. En el auto de Juan Pablo, un chico con el que salí cuando yo le hacía prensa a la Izquierda Unida y él, al PTS y que me llevó en su auto a hacer un city tour por Buenos y estacionó en la noche de una calle entre el Garraham –iluminado con fluorescentes mortuorios– y la cárcel de Caseros abandonada y llena de agujeros a modo de ventanas abiertas con los puños. Y me hizo escuchar PR porque era su banda favorita. A mí me pareció espectacular. Ese paseo, escuchar sus historias en Lanús, el plan.
Así que para decir la verdad: no. No fui yo la que puso esas canciones. Ni tampoco sé bien porqué me fui a estudiar a La Plata y tuve esa maravilllosa forma de vida que no se parecía para nada a mis deseos de ser periodista y editar una revista de moda como Vogue. Pero, tal vez, como todo lo que mejor que ocurre realmente en nuestra vida, las cosas se dieron siguiendo a otros. Por curiosidad, por descuido, por desatención al norte o porque tal vez ese norte estaba lleno de un brillo frío y éstas otras eran formas de amor. Quizás por una especie de fe en la trama que sostiene la vida y te lleva adonde tenés que estar: a veces en el medio de un pogo. Una trama que no empieza a contarse sin ningún origen claro, sin la propia voz, sino en una voz colectiva que reverbera y hace eco por ahí. Y estoy acá porque, junto con aquellos, muchos planes se me hicieron añicos. Nada de lo que pensé que iba a pasar pasó. Pasaron otras cosas para las que no tenía preparadas las palabras. Como que se muera el Indio. Y yo ese día me dé cuenta de que siempre había estado ahí, sin que fuera necesario elegirlo. Por eso escribo. Y escribo tarde. Cuando la gente ya ha dicho todo, cuando todo ya ha pasado. Y yo noto en el cuerpo que me entran las flechas. Tarde, cuando la gente se va a dormir; no antes de que salga el diario. Tarde, cuando aún no suenan los pájaros. Cuando no ha comenzado la mañana. Pero, ¿saben? No escribo esto para hablar del Indio, ni para hablar de mí.
Ni me importan tampoco, tanto, sus
canciones. No son mejores que las de Prince, ni las de Aznar. De lo único que
quiero hablar es de un pueblo. De un pueblo que cuando quiere, se levanta.
Cuando quiere, desata el cuerpo. Cuando quiere hace 7 km de cola, sin tener
plata, ni un mejor mañana, ni ningunos recursos extraordinarios. Que, cuando
quiere, puede todo. Le pone su propia voz a lo que ama, sus propias palabras.
Llena el campo infinito de posibilidades creando un escenario específico, una
misa pagana, un ritual. Crea un rey evanescente, con corona torcida que, de a
ratos, se separa del silencio. Un pueblo que imagina sus propios significados y
aullidos sobre el lomo del movimiento beat, entre versos enigmáticos. Y dice
mucho más de lo que dice un tipo, de lo que entiende un tipo que pueden decir
sus canciones. Dice más. Y no lo ve. Un pueblo que, cuando quiere, dice que no:
los ritos no se instituyen, el amor no se liquida con la muerte, la pelota no
se mancha, la guerra indigna no se gana nunca, la rotura es la elegancia
antisistema, el poder es la cima al borde de un barranco donde se escribe
juguetes perdidos. Y las canciones sostenidas entre todos, son el ruido de
rotas cadenas.
Dice que el sol sale cada mañana, que oscurecer es necesario, que quizás SER –salir del enigma y de la vara inalcanzable argentinxs– sea una posibilidad concreta, distinta que lo esperable. Un fuego. Un fuego que, a conciencia, pueda dejar de quemarse vivo para hacer hogar, la luz de un mañana. Un pueblo que cuando se levanta habla. Que moderado no: moderado no es nunca. Como ninguno de todos sus símbolos. De un pueblo que sabe: adónde no quiere estar, a través de qué poesía contarse y cómo bancarse las mil cuadras que dura la emancipación bajo la lluvia. Que sabe atravesar el dolor, ayudar al de al lado, interpretar qué cosas son un faro. De un pueblo que no está dormido. Ni aunque sea tarde. Y que, con lo perdido, pueda comenzar a cocinar, en su propio calor, el rumbo de otra historia.


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